Un Robin Hood criollo

Corrientes, tierra de esteros. Allí nació Antonio Mamerto Gil, un gaucho que conoció la guerra a edad temprana, cuando lo reclutaron para luchar en la campaña bélica contra Paraguay.

Los devotos del Gaucho compran imágenes del santo popular sobre la cruz, a la vera del caminoLa leyenda dice que Gil vino al mundo en 1847, cuando las luchas civiles entre los celestes y los colorados tenían en vilo a los pobladores de la región del Litoral, en el noreste de Argentina.

Cuando el coronel Juan de la Cruz Zalazar citó a todos los hombres en edad de ser incorporados a la milicia, el Gaucho sintió que no podía salir nuevamente al campo de batalla.

En sus sueños, decía haber recibido una iluminación del dios guaraní Ñandeyara, quien le había revelado que los hermanos de sangre no debían tomar las armas para luchar entre sí.

Siguiendo el mandato divino, Gil se convirtió en un desertor del ejército: un hombre al margen de la ley que hizo del monte su hogar, y de la huida, su modo de vida. El Gaucho sabía que pagaría caro esta decisión.

El coronel Zalazar organizó una partida policial para salir en su búsqueda. El objetivo de las fuerzas del orden era detener al desertor, y llevarlo a la ciudad para juzgarlo.

El defensor de los pobres

Antonio Gil dedicó su vida en la clandestinidad a corregir lo que, según la misma revelación del dios de sus sueños, era un desajuste en el reparto de la riqueza.

Este gaucho nómada se convirtió, por propia convicción, en una especie de Robin Hood de las pampas: según la tradición oral, robaba ganado a los terratenientes de la zona para repartir luego su botín entre los más pobres.

No hay muchas certezas sobre cómo fue el final de su vida. Se dice que una patrulla lo halló durmiendo bajo un árbol, y lo detuvo de inmediato.

Él se entregó mansamente, conocedor del castigo que lo esperaba por los cargos de desertor y ladrón.

Entre los policías se encontraba un tal Velázquez, quien conocía y respetaba al Gaucho. Este veterano coronel decidió interceder por Gil, y se presentó ante Zalazar para pedir clemenecia para el detenido.

Zalazar le dijo que, si quería probar su inocencia, debía recolectar 20 firmas entre los habitantes de Mercedes, el poblado natal de Gil, que pudieran dar fe de las buenas intenciones del acusado.

Velázquez cumplió con la misión, pero el petitorio salvador con las firmas de los vecinos llegó tarde.

Los soldados ya habían llevado al reo rumbo a la ciudad, y lo habían matado en un alto en el camino. Todos sabían que, en esa época, ningún preso llegaba a destino para ser juzgado.

Sangre junto al árbol

Antes de morir, sin embargo, el Gaucho hizo gala de una facultad sobrenatural sobre la que luego se basaría su historia de santidad.

Según los relatos de la época, Gil miró a los ojos a su verdugo y le anticipó que su hijo caería gravemente enfermo.

“Cuando te den la noticia de su estado, tú reza e invócame para que interceda ante Dios por la vida de tu hijo”, le dijo.

“Así, mi sangre inocente no habrá sido derramada en vano”, agregó.

Luego, murió colgado de un árbol, cabeza abajo. La sangre que manchó su pañuelo de cuello se convirtió así en el símbolo de este personaje, que hoy es honrado con banderas rojo rabioso.

El presagio se cumplió esa misma noche. Cuando el policía llegó a su casa y halló a su hijo moribundo, decidió rezarle al Gaucho, darle digna sepultura y construirle una cruz con ramas de ñandubay que colocó sobre su tumba.

Allí, en el lugar donde se dice que Gil murió desangrado, hoy se erige el santuario en el que millones de personas que creen en sus poderes se acercan cada 8 de enero, en el aniversario del fallecimiento del gaucho de los pobres.

Fuente: BBCMUNDO.com

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