El cepillo: de la sonrisa sin dientes a la radiante

El hombre ha sido consciente de cuán importante es cuidar de sus dientes mucho antes de que lo aterrorizara el sonido del taladro.

En tiempos prehistóricos era una cuestión de supervivencia; hoy la estética es gran parte del asunto. Diríase que no hay dientes feos sino mal arreglados. Y aún así, cómo duelen.

El aliado más remoto de la sonrisa radiante fue, probablemente, el mondadientes. El primer hombre que usó una rama para sacarse un molesto pedazo de carne de entre los dientes seguramente vivió en las cavernas.

El cepillo y el dentífrico vendrían luego y por caminos separados.

Rompemuelas

La pasta existió mucho antes que el cepillo…a menos que uno quiera incluir al dedo índice en la lista.

En algún punto entre los años 5000 y 3000 AC los egipcios inventaron una crema dental a base de uñas de buey, mirra, cáscara de huevo quemada, piedra pómez, sal, pimienta y agua.

Algunos manuscritos recomendaban agregar orina. Menta o flores se usaban en ocasiones para mejorar el sabor.

Se piensa que los egipcios se cepillaban, en efecto, con los dedos. El sitio de “Notas a pie de página de la historia” menciona ramas trabajadas en las puntas, a guisa de cerdas, halladas en algunas tumbas. Sin embargo, el doctor Laurens Adams afirma que el palillo no se había “descubierto” entonces.

En la literatura griega y romana hay referencias a mondadientes masticables y en Babilonia se conoció la “vara de mascar”.

Los chinos usaban ramas de árboles aromáticos seleccionadas especialmente, del tamaño de un lápiz moderno. Una punta se dejaba entera para cumplir la función de mondadiente y el otro extremo era suavizado para formar “cerdas”.

Vino de Oriente

Por miles de años los chinos creyeron que un gusano de cabeza negra causaba la caída de los dientes. Se lo combatía a fuerza de lavados, purgantes y píldoras.

Las píldoras se hacían de ajo, sal y pimienta, y se insertaban en el oído contrario al lado de la boca afectado por el dolor, según la historia del cepillo contada por Oral-B.

La invención del cepillo moderno la debemos también a China. El artefacto aparece mencionado en una enciclopedia del siglo XVII como inventado en 1498.

El cepillo chino estaba hecho de pelos de cerdo de climas fríos insertados en una vara de bambú o hueso.

Se cree que viajeros lo llevaron a Europa, pero es William Addis quien recibe el crédito por la “invención” del cepillo en Occidente, específicamente en Inglaterra, en 1780.

En Estados Unidos se popularizaron los mangos de hueso de muslo de vaca, mientras que las cerdas se fijaban una por una en agujeros taladrados a mano.

El tubo es viejo

Por entonces comenzó a comercializarse una fórmula dental, en presentaciones de polvo o crema, en frascos de cerámica.

La fórmula no era muy diferente de la mezcla casera, a base de ingredientes como tiza, ladrillo pulverizado, sal, carbón en polvo y glicerina para el sabor. Se le agregaba, eso sí, bórax para hacer espuma.

A final del siglo XIX comenzó a fabricarse una pasta con “agradable olor”, pero al igual que la pasta comercial era más nociva que beneficiosa para los dientes, debido a la cualidad abrasiva de los ingredientes.

También podría decirse que fue un siglo de “ajuste” a la nueva tecnología.

Algunos de quienes tenían cepillos los usaban con agua, y algunos de quienes adquirían cremas seguían usando el “cepillo original”.

“Los ricos aplicaban (la crema) con cepillos y los pobres con sus dedos”, dice el doctor Adams.

A finales del siglo XIX, dentistas y químicos comenzaron a experimentar con mezclas menos contraprudecentes.

Se atribuye al doctor Washington Sheffield, de Connecticut, la idea de colocar la pasta en tubos flexibles. Colgate sacó a la venta el producto en esa clase de tubos en 1896.

Finalmente, dos avances completaron el cuadro: en 1938, los laboratorios Dupont de Inglaterra le dieron un descanso a los cerdos chinos, cuando reemplazaron las cerdas naturales por otras de nylon. Y en los años cincuenta, se añade el ingrediente clave a la pasta de dientes: el flúor.

Desde entonces no puede decirse que si uno tiene mala dentadura es por falta de cepillos y pasta dental.

Cepillos los hay eléctricos, de cabeza redonda, cuadrada, ovalada; cerdas suaves, duras, medias, que avisan cuando están gastadas y de ingeniería galáctica. La pasta viene con rayas de colores, sabores, para el mal aliento, para proteger las encías, blanquear el esmalte… y pare usted de contar.

Fuente: BBCMUNDO.com

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