La realidad y sus callejones sin salida

Dejarse hechizar por la novelística de Haruki Murakami es más fácil que explicarse cómo logra ese hechizo. Sus novelas carecen de los habituales artificios del suspenso. Sus narradores tienden a ser pasivos y en muchos de sus argumentos con desenlaces absurdos no se aclara del todo qué estuvo en juego. No obstante, hay una corriente oculta casi irresistible. Varios cientos de páginas más adelante, los lectores emergen de ella como si salieran de un trance, convencidos de haber establecido contacto con algo significativo, aunque no puedan definirlo con certeza.

Su novela más conocida en Estados Unidos es Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Tusquets, 2001). La más reciente, Kafka en la orilla , no es una excepción a las pautas de este novelista japonés, pero es un viraje. La mayoría de sus protagonistas habían sido hombres de treinta y tantos años, solitarios, despreocupados, con historias románticas variopintas y cierto gusto por el jazz, el whisky y el cine norteamericano. Esta vez, el protagonista es un muchacho fugitivo, de sólo quince años, que dice llamarse Kafka Tamura. Huye de su padre, un hombre cuya malevolencia sombría adopta la forma de una profecía edípica. Insiste en que Kafka matará a su padre y se acostará con su madre y su hermana mayor, ambas desaparecidas cuando el niño tenía cuatro años.

Kafka relata sus aventuras en capítulos que se alternan con otra historia: la del anciano Satoru Nakata. En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, un grupo de escolares entre los que se contaba Nakata, de nueve años, hicieron una excursión a unos bosques cercanos e inexplicablemente perdieron el conocimiento. Cuando Nakata recobró el sentido, semanas después, se habían borrado todos sus recuerdos, era incapaz de leer o escribir y había perdido gran parte de su inteligencia. Pero había adquirido la capacidad de hablar con los gatos. Gracias a ella, complementaba la pequeña pensión que recibía del gobierno con lo que le pagaban sus vecinos por buscarles sus gatos perdidos.

“El mejor modo de considerar la realidad es alejarse de ella cuanto sea posible”, dice el narrador de Crónica del pájaro… y decide afrontar la desaparición de su esposa pasando varias horas diarias sentado en el fondo de un pozo seco. Podría llamarse a esto el método Murakami, con una salvedad: en sus obras de ficción, el manejo de los elementos irreales es tan realista que difícilmente podría decirse que están “muy alejados” de los elementos realistas. Ambos coexisten en una fusión perfecta. Nakata hablará con los gatos, pero sus conversaciones siempre empiezan con unas frases corteses sobre el estado del tiempo.

Murakami es afecto a los callejones sin salida de la realidad, a esos lugares tan colmados de las naderías que suceden en ellos que adquieren un carácter sobrenatural: los vestíbulos y pasillos, los paradores en las rutas, los baldíos. Por lo onírico de su obra, su equivalente norteamericano más próximo es el director cinematográfico David Lynch, sólo que la paleta de éste es principalmente nocturna, mientras que Murakami se abre al sol del mediodía. Nadie mejor que él para evocar el horror del mediodía en un barrio, cuando todos se han ido a trabajar y reina un silencio espectral.

En las novelas de Murakami suceden muchas cosas, pero lo que más persiste en la memoria es este ambiente característico: un silencio cargado… de algún significado que se nos escapa. Murakami logra ese efecto haciendo todo mal, al menos para las normas literarias occidentales. Con los años, su prosa se ha vuelto cada vez más simple, incluso agresivamente simple. Aun siendo un admirador y traductor de Raymond Carver, su sencillez no es la pureza del minimalismo norteamericano.

Murakami sabe crear metáforas bonitas: faros que “lamen” los troncos de los árboles que bordean una calle oscura; “el quejido sibilante del aire” al paso de un camión, “como si le arrancaran el alma a alguien”. También puede optar por un clisé: “A veces, el muro que he levantado a mi alrededor se desmorona”. Y no tiene reparos en mencionar marcas comerciales. En la novelística norteamericana, el santuario de los literatos no debe ser contaminado por la basura de la cultura comercial, salvo que se utilice la sátira a modo de revestimiento protector. Pero cuando Murakami dice que un personaje bebe Diet Pepsi o usa una gorra New Balance, su intención no es bosquejar una viñeta de su clase social y sus gustos, sino describir con exactitud lo que bebe y viste ese personaje y, así, crear una minúscula atadura a una realidad compartida.

Más adelante Kafka se refugia en el trabajo que le ofrecen en una pequeña biblioteca privada de una ciudad costera. Por su parte, Nakata atrae la atención de un siniestro cazador de gatos que usa botas de cuero, frac rojo y sombrero de copa. Se presenta como Johnnie Walker, pero la violencia sádica de la escena siguiente reprime cualquier intención de ver en eso una pizca de humor absurdo.

Clisés, bagatelas de la cultura pop, personajes que proclaman su función temática… Todo esto suena a estratagemas posmodernistas, trucos para distanciar al lector de la artificiosidad de la narrativa y de esas tácticas que imponen a una novela el sello de “cerebral”. Pero Kafka en la orilla , como todos los cuentos y novelas de Murakami, no parece distante ni artificial. Murakami es como un mago que explica sus trucos mientras los ejecuta y, sin embargo, nos hace creer que posee poderes sobrenaturales. Tan potente es su imaginación, su fe en el poder arcaico de la historia que narra, que toda esta basura cobra autenticidad.

Desde luego, es una historia muy antigua con ropaje actual. ¿Kafka puede huir del legado de violencia recibido de su padre, del ADN que él equipara al destino? Para Murakami, es un interrogante con resonancias. Por un lado, el escritor siente vivo interés por el papel que desempeñó su país en la Segunda Guerra Mundial. Por otro, ha declarado su profunda transformación tras haber escrito un libro (no es una novela) sobre los pasajeros del subte de Tokio que, en 1995, sobrevivieron al atentado con gas tóxico cometido por la secta Aum Shinrikyo. Hacia el final de Kafka en la orilla , en lo profundo de un bosque, el protagonista se topa con dos soldados del ejército imperial que, durante la guerra, se salieron del tiempo porque no podían soportar su destino de matar o morir a manos de otros. No habían envejecido, pero tampoco habían vivido.

Los soldados no son los únicos personajes de la novela que han optado por suspender la vida, antes que sufrir las depredaciones del tiempo. Esto la vincula con una novela fundamental de Murakami: El fin del mundo y el fin de las maravillas . En ella ya había utilizado el formato de dos historias paralelas. Un relato de ciencia ficción, un tanto siniestro, alterna con extraños mensajes provenientes de un pueblito amurallado, digno de un cuento de hadas, donde todo permanece inmutable. Finalmente el pueblito resulta ser un sector aislado del inconsciente del propio narrador. La torpeza de un neurocirujano lo confinará allí, en una especie de muerte, pero también en una especie de inmortalidad, por cuanto en lo inconsciente no existe el tiempo.

La premura extraña, solemne, de las novelas de Murakami nace de su preocupación por estos problemas internos. Podemos imaginar cada una como un drama actuado dentro de una sola mente. En cada una hay un yo fragmentado, que es preciso recomponer; una vida paralizada que es preciso reactivar y relanzar al proceso lacerante, pero necesario, del cambio.

Fuente: © The New York Times y LANACION.com

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