Vidas digitales

Existe una generación que nació y creció con el avance tecnológico incorporado a su cotidianidad y, por tanto, a su manera de comunicarse. ¿Cómo podría esto cambiar la evolución de la especie humana?

Emilia Feld nació en un nuevo planeta. Es estudiante universitaria, tiene 20 años y parece vivir en Londres, pero en realidad pasa gran parte de su tiempo en otra galaxia: el universo digital de los sitios web, e-mails, mensajes de texto y comunicaciones por celular. La conducta de Feld –y la de su generación–, según los expertos, está moldeada por la tecnología digital como nunca antes, conduciéndola a un sitio al que ninguna otra generación ha llegado. Esto incluso puede ser el próximo paso de la evolución, la transformación del cerebro y la manera en que pensamos. “Lo primero que hago cada mañana es comprobar si tengo mensajes en mi celular, tomar una taza de té y chequear mis e-mails –dice Feld–. Suelo echarle un vistazo a Facebook.com, un sitio web que conecta a estudiantes universitarios, para ver si alguien ha escrito algo en mi pizarra. Es realmente adictivo. Después navego un poco por Internet y, si alguna noticia me interesa, la leo.

“El otro día –prosigue– iba a encontrarme con una amiga en la ciudad y cuando estaba a dos minutos de llegar me di cuenta de que me había dejado el celular en casa. Volví a recorrer siete kilómetros para recogerlo. Puede sonar tonto, pero toda la gente que conozco es así. Me siento perdida sin él: entro en pánico. Todo el mundo se habla por Internet o por el celular. La tecnología es una parte esencial de mi vida social de cada día, y de mi vida académica. De hecho, no conozco el mundo sin ella.”

Eso convierte a Emilia en una “nativa digital”, en alguien que nunca ha conocido el mundo sin comunicación instantánea. Su madre, Cristina, es una “inmigrante digital”, alguien que todavía intenta habituarse a una cultura regida por el ring del celular y la llegada de los e-mails. Aunque ella, de 55 años, es feliz comprando online y enviando e-mails a sus amigos, su corazón aún está en el viejo mundo.

“Los jóvenes de hoy se la pasan bajando música, subiendo fotos, enviando e-mails. No se detienen ni un minuto –dice un poco desconcertada–. Sentarse a leer, incluso a mirar TV, les resulta lento y aburrido. No imagino que a alguno se le ocurra dedicarse a algún pasatiempo particular, como la observación de pájaros, que tanto me gustaba a mí.” Esta brecha generacional ha sido evidente durante un lapso, pero sólo ahora se ha tornado claro su impacto. El mes pasado, lord Saatchi, decano del mundo de la publicidad, declaró virtualmente la muerte de la publicidad tradicional, porque la tecnología digital está cambiando la manera en que las personas absorben información. El cerebro del “nativo digital” es físicamente diferente, como resultado de la formación digital que recibió mientras crecía. “Ha cambiado sus conexiones. Responde más rápido. Recuerda menos.”

La memoria de la publicidad tradicional por TV ha descendido mucho. Según Saatchi, las empresas ahora deben resumir las ventajas de sus productos en una sola palabra si pretenden captar la atención de los inquietos nativos digitales.

Para algunos, un mundo inundado de infinitos retazos de información y de estímulos constantes resulta atemorizante; para otros, está lleno de posibilidades y de preguntas fascinantes. ¿Los “nativos digitales” están abriendo paso a un nuevo curso de la inteligencia humana? Y si es así, ¿se trata de una inteligencia mejor, más rápida, más aguda?

No es sólo Saatchi quien lo afirma: este fenómeno también ha sido registrado en el campo científico. No se trata necesariamente de una escena sacada de una novela de ciencia ficción. Muchos padres aún temen que sus hijos, que se pasan horas pegados a la pantalla de su computadora, terminen siendo “zombies” cuya atención sólo dura una milésima de segundo. El ciberespacio está lleno de basura, alegan, y los juegos digitales, repletos de violencia. Pero no necesariamente es así, afirman algunos expertos, y cada vez lo es menos, a medida que los usuarios ejercen mayor control y aprenden a discriminar.

Para los evangelistas de la era digital, como Marc Prensky, consultor y autor estadounidense, los modernos juegos digitales interactivos son “experiencias complejas y profundas” que desafían mucho más el intelecto que, por ejemplo, la observación pasiva de Gran Hermano.

La vida social a través de los chats y los foros online, arguye, requiere sus propios ritos de etiqueta y supera viejos prejuicios: ya no importa tanto la apariencia de cada persona. El autor Steven Johnson plantea un argumento similar en su libro Everything Bad is Good for You (“Todo lo malo es bueno para vos”). La cultura popular no se ha derrumbado, sino que, en realidad, se ha tornado más estimulante, y da como ejemplo los intrincados argumentos de las series actuales de TV, como Los Soprano o 24, si se los compara con las tramas lineales de los programas de hace 30 años.

Los académicos opinan que esa complejidad está ejerciendo un efecto. “Algunas personas han demostrado que los juegos por computadora pueden mejorar algunos aspectos de la atención, tal como la capacidad de contar objetos rápidamente en la periferia del campo visual”, dice el doctor Anders Sandberg, que investiga la “ampliación cognitiva” en la Universidad de Oxford. “¿Es esto una manera diferente de pensar? Bien, un poco. Ser capaz de identificar instantáneamente objetos es una capacidad útil en este mundo. Las evidencias sugieren que las personas se están volviendo más visuales que verbales. Algunos alegan que una vez que las computadoras logren una buena comprensión del lenguaje, leer y escribir se convertirán en actividades engorrosas.”

La enorme masa de información visual, auditiva y verbal del mundo moderno está obligando a los “nativos digitales” a hacer elecciones que los que crecieron sólo con los libros y la televisión no debían hacer. “La gente más joven filtra más”, dice Helen Petrie, profesora de Interacción entre Humanos y Computadoras de la Universidad de York. “Tenemos que procesar más información y prestamos menos atención a los fragmentos particulares de información, de modo que puede parecer que los lapsos de atención son más breves.” También señala que la brevedad de los mensajes de texto se está contagiando a los e-mails y a otras formas de comunicación, reescribiendo cada lengua con ortografía simplificada. Aunque esto puede resultar rudimentario para los tradicionalistas, es más que sensato para los “nativos digitales” de un mundo conectado a alta velocidad. “Pero no creo que los lapsos de atención estén disminuyendo –agrega Petrie–. Cuando encontramos algo atractivo, nuestro lapso de atención tiene la duración habitual. Durante la Copa Mundial, seguro que el lapso de atención de la gente no fue más corto de lo que era antes.”

Los estudios realizados por Pam Briggs, profesora de Psicología Cognitiva Aplicada en la Universidad de Northumbria, han demostrado que la gente que navega en la Web en busca de información con frecuencia pasa menos de dos segundos en un sitio antes de pasar a otro. Pero parece más bien un signo de análisis incisivo que de concentración limitada. “Descubrimos que los sitios que las personas rechazaron en ese lapso tan breve eran los que no resultarían útiles a largo plazo”, dice.

La pregunta, entonces, es: ¿cómo aprenden los “nativos digitales” a discriminar? Según Prensky, el motivo por el que algunos niños de hoy no prestan atención en la escuela es que los métodos de enseñanza tradicionales les resultan aburridos, comparados con su experiencia digital. En cambio, así como la enciclopedia online Wikipedia se formó a partir del conocimiento colectivo de miles de colaboradores, los “nativos digitales” se basan en la experiencia y el consejo de las comunidades web para construir sus intereses y sus límites. Un síntoma delator son los blogs. Antes, los escolares y estudiantes sólo confiaban en sus diarios, y ahora escriben sus experiencias e ideas en blogs, que cualquiera puede ver y comentar.

¿Adónde conduce todo esto? Sólo una cosa parece clara: los cambios provocados por el mundo digital recién comienzan. De hecho, uno de los signos que distinguen a los “nativos” de los “inmigrantes” –algo que no es simplemente una cuestión de edad– es la aceptación intuitiva del rápido cambio digital.

“Mis padres están tan familiarizados con Internet como yo –dice Nathan Midgley, de la consultora TheFishCanSing–, pero no están acostumbrados a ascender de nivel. Tienen conexión a Internet desde hace siete años, pero no se actualizan. La gente de mi generación está mucho más habituada a cambiar el equipo. Otras generaciones se quedan atrás.” Mayor velocidad de banda, interfaces más fáciles, equipos más pequeños: las innovaciones aparecen con tal celeridad que lo que era ciencia ficción hace unos años se hace realidad.

Andy Clark, director de Ciencia Cognitiva de la Universidad de Indiana, cree que ya deberíamos considerarnos cyborgs. Nuestro pensamiento ya no se desarrolla puramente en nuestras cabezas, afirma, sino que está íntimamente relacionado con las herramientas que usamos. ¿Dónde terminan el pensamiento y el análisis? Cree que a medida que las interfaces entre personas y computadoras se tornen más sofisticadas “será más difícil que nunca determinar dónde termina el usuario humano y dónde empieza el resto del mundo”.

¿Esto conducirá a una mayor inteligencia? Algunos afirman que ya está ocurriendo. Lo que se conoce como Efecto Flynn, que complementa los coeficientes de inteligencia, ha estado aumentando desde hace años. Nadie sabe muy bien por qué, aunque algunos creen que es simplemente porque somos más inteligentes. Según Nick Bostrom, director del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, es posible que el tipo de pensamiento haya cambiado. “Tal vez haya cierta clase de pensamiento abstracto al que ahora estamos mucho más expuestos, y por eso somos mejores en los tests de inteligencia”, conjetura.

De la misma manera, Bostrom no duda de que la tecnología digital influye sobre nuestros procesos mentales. “Algo tan generalizado como nuestra diaria interacción con computadoras inevitablemente ejerce un efecto significativo. En cierto sentido, estamos haciendo un experimento en gran escala. Estamos educando a toda una generación en este contexto totalmente nuevo… sin ninguna evidencia sólida de lo que les ocurrirá después.”

Fuente: LANACION.com

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