En letra chica

¿Hay grandes historias escondidas detrás de las noticias breves que publican los diarios? LNR salió a buscar a algunos de los protagonistas de esas pocas líneas para comprobar que el interrogante tiene una respuesta afirmativa

Presa de la libertad

Noticia breve: “Una trapecista, en coma tras una fuerte caída” (publicada el domingo 18 de diciembre de 2005, en la sección Información General)

Karina aprieta sus ojos, pero recuerda vagamente lo que sucedió la noche que le cambió la vida: que estaba vestida de violeta con tules blancos, rojos y lilas, que había hecho el giro de mano, el de pie, y que luego del giro de nuca, en una milésima de segundo, todo se oscureció.

Para combatir esa oscuridad, el coma 4, los médicos no podían hacer nada. Luego de entrar al shock-room de la sala de emergencias del Hospital Fernández con un traumatismo en la base craneal y politraumatismos en el cuerpo, su estado era muy grave. Después de innumerables análisis y estudios, fue trasladada a la Clínica Suizo-Argentina, donde quedó internada. Sólo restaba rezar y esperar a que Karina “volviera”.

Los peores miedos de sus padres parecían hacerse realidad. Tal vez se culpaban por no haber sido más duros con ella cuando les comunicó la decisión de ser trapecista, hacía ya 10 años. Pero cómo hacerle entender de miedos a esa jovencita desestructurada que odiaba las oficinas y solía decir en voz alta que quería ser azafata, sólo por el hecho de “volar”.

Mientras Karina, de 28 años, “dormía”, llegaban mensajes de aliento de familiares y amigos desde todas partes del mundo. Como el de Joaquín, que envió un mensaje desde España a través del sitio online del diario La Capital, de Mar del Plata. “Les escribo a todos y a cada uno de los innumerables amigos y compañeros de Karina Piñera, para que rezen por su pronta recuperación. Karina, sos muy fuerte y no sabes la soledad y la angustia que tengo en estos momentos tan duros para vos. Pronto todo esto será una pesadilla lejana! Fuerza Karina, tú puedes hacerlo!” Tu amigo Joaquín (siempre con vos).”

El largo sueño duró once días. De pronto, Karina abrió sus enormes ojos y dijo: “Hola”. El doctor que la revisaba no lo podía creer: para los médicos de la clínica, fue una recuperación “asombrosa, silenciosa y milagrosa”. Le esperarían interminables sesiones de kinesiología, dificultades para hablar, ver, caminar, recordar. La silla de ruedas fue un baldazo de agua fría para esa morocha que amaba la libertad que encontraba en las alturas.

Hoy, en el Galpón 2222, de Palermo, Karina narra su historia a LNR, mientras hace ejercicios de estiramiento sobre una enorme colchoneta y mira, de vez en cuando, esos trapos anaranjados que cuelgan de las vigas de acero, a siete metros de altura, donde una colega suya ensaya movimientos plásticos: “No me acuerdo casi nada del accidente. Pensé que me había caído de la tela… Porque ahí no tengo seguridad. Nunca me había caído. Estábamos haciendo el número Cuerda indiana, en el que me giran desde el suelo. El que era mi novio en ese entonces, Charly, me giraba, y se rompió el elemento de seguridad, que se llama estafa en la jerga circense. Es todo reloco: lo que me acordaba era que me moría de sed y no podía tomar agua porque tenía el peligro de que se fuera el líquido al pulmón. Esta no es mi voz, ahora estoy en un fa (también es cantante): la caída me afectó las cuerdas vocales. Todavía me olvido de algunas cosas. Yo digo que tengo una memoria selectiva: me acuerdo de lo que me conviene (se ríe).

“Estoy en un 70% recuperada. Tengo un golpe en el hipotálamo, mi ojo izquierdo todavía no va para la izquierda y a veces veo doble. Me hicieron un test de equilibrio, y tengo más puntaje con los ojos cerrados (se ríe). Siempre fui creativa, pero creo que ahora me fluye más. Esto es riesgo, hay que tener precaución. Mi papá, Carlos, quiere que me dedique a la producción, que diseñe vestuario, pero que no me suba más al trapecio o a las telas. Pero esto es lo que me fascina; no lo cambiaría, y ya me conoce. Por eso, por ahora, se conforma con que extreme las medidas de seguridad. Me dice: “Quiero verte feliz”.

Además de infinidad de actuaciones privadas y giras, la trapecista, nacida en Mar del Plata, había actuado en la producción de Jorge Guinzburg La Era del Pingüino, por la que ganó el tradicional premio Carlos a la Mejor Figura Atracción Femenina 2004 en nl género teatral en Villa Carlos Paz.

Otros tiempos, en los que su carrera se había afianzado. Comenzaba a ser reconocida por sus pares luego de años de trabajo, y no dudaba en trepar por las telas o el trapecio, elástica, para asombrar al público con sus destrezas en la danza aérea. A medida que la recuperación física se afianzaba, los fantasmas del accidente la hacían dudar de seguir con su profesión.

Fue en mayo último, a pocos días de la muerte de su abuelo, al que le había prometido continuar con su carrera artística, cuando Karina sintió la necesidad de volver a sentir eso inexplicable que le pasa cuando está allá arriba y todos la observan, la necesidad de combatir sus temores: “Sentí las ganas de subir hace dos meses. Quería ver si tenía miedo y si tenía la memoria de los ejercicios. Fue intenso, por todo lo que me pasó, pero pude hacerlo. Quería sentirme libre. Fue una sensación hermosa.”

La fría tarde se extingue. Karina invita a ver que su recuperación es increíble. Se estira y, una vez en el suelo, queda boca arriba, haciendo “la araña”. Después mira la tela anaranjada y trepa como si en la otra punta, a siete metros de altura, creciera el fruto más delicioso del mundo, se envuelve en ella y dibuja figuras al ritmo sensual de la música, que también la envuelve.

Desde abajo, se puede ver que Karina sonríe: está bailando con la libertad.

Corazón valiente

Noticia breve: “El caballo Fernán, que había sido enviado a un campo hace unos días por haber sufrido una lesión, finalmente debió ser sacrificado” (22 de diciembre de 2005, sección Deportes)

Faltaban 300 metros para llegar al disco, en una carrera que dominaba de punta a punta, cuando las patas de Fernán se quebraron y determinaron su suerte. Había algo en él que siempre le exigía a su cuerpo llegar a la ansiada meta. Ese día su esfuerzo fue inútil.

Dicen que se podía ver en sus ojos y en su andar cansino la tristeza de no completar lo que hubiera sido un regreso con gloria. Tal vez, ese murmullo nervioso del público que se transforma en griterío al llegar al disco era lo que lo impulsaba. O quizás esa caricia en el pescuezo o en el mechón revoltoso lo que hacían que Fernán siempre quisiera hacer una buena labor para el haras que lo vio nacer.

Martín Crotto, de 27 años, uno de sus dueños, acompañó el dolor de su caballo como el de un padre a un hijo, no sólo en la carrera que selló su destino, sino desde que supo los problemas de salud con los que tenía que lidiar su potro preferido. Habla de él con orgullo y no deja de repetir el “gran corazón” de Fernán, que, “a pesar de todo, siempre quería correr”.

Fernán había nacido el 25 de agosto de 1998, era hijo del campeón Espaciado y de una yegua inglesa, Fergie. Por diferentes marchas y contramarchas, luego de ser vendido en remate, llega a ser propiedad de un veterano criador de caballos de Gral. Alvear, provincia de Buenos Aires. Allí corre una cuadrera (carrera no oficial, de entre 500 y 700 metros) y sorprende a propios y extraños ganando de punta a punta. A regañadientes, pero como su única carta de salvación por una grave enfermedad que necesitaba de una operación urgente, el dueño temporario lo tiene que vender y le ofrece el 50 % al haras que había visto nacer al potrillo; era en los únicos en los que confiaba para criar a Fernán.

Una vez en el stud de uno de los mejores criadores del país, el de Roberto Pellegata, en el hipódromo de Palermo, gana su primera carrera. Después, llega tercero en el Gran Premio Santiago Luro, algo que no pasó inadvertido por los cazatalentos del mundo del turf. Entonces, llegó una jugosa oferta (de cinco ceros) desde Estados Unidos y, con ella, los obligados exámenes físicos de rutina, placas radiográficas incluidas, para saber en qué condiciones estaba Fernán.

“Ahí nos dimos cuenta de que tenía un chip, un problema en la tercera falange de una de las manos, y por eso no se vendió. Además, sus vasos eran demasiado planos, cuando se sobrecargaba de ejercicios le dolía, y por eso no corría muy seguido. Así y todo, hizo 17 carreras más. Toda su campaña la cumplió dolorido. La gente algo sabía y por eso lo apoyaban desde las tribunas cada vez que volvía al ruedo. En la vigésima se fracturó; fue el final definitivo”, dice Crotto, entre breves silencios.

Luego del frustrado regreso a las pistas, a Fernán lo trasladaron al campo. Esperaban su recuperación, pero internamente sabían que había que tomar una decisión drástica. El 28 de diciembre el potro agonizaba con terribles dolores.

“Lo llevamos al haras donde nació, Vadarkblar, y ahí estuvo una semana pero, pobrecito, estaba sufriendo mucho. Fue lo menos doloroso para él, pero lo más doloroso para nosotros. Le inyectamos un calmante y se durmió…, para siempre. No quise estar en ese momento… Yo lo vi nacer…”, cuenta Crotto acerca del caballo que supo metérsele en la piel.

A sus palabras les sigue un silencio más profundo, lleno de gestos para contenerse. Como para huirle al recuerdo de ese momento en el que decidió el sacrificio de su caballo, Crotto responde entusiasmado a la inquietud de conocer el mejor momento que le haya hecho vivir “su” Fernán. Cierra los ojos y evoca uno de tantos: “No me lo voy a olvidar nunca… Llovía a cántaros. Parece que lo estoy viendo venir en la recta final del Gran Premio Botafogo, con la chaquetilla rosa con una banda azul y la gorra color mora del jockey que lo montaba, Julio Méndez (también lo corría Juan Noriega). Era la primera vez que lo veía desde las tribunas. Pasaron como un remolino… Yo me volví loco porque nunca había vivido algo así, con la gente al lado mío gritando: «Fernán, viejo y peludo nomás!». Todo empapado, me abracé con desconocidos; fue una locura. Y el orgullo de la foto con Fernán al lado, sus ojos brillosos, su color alazán con una franja blanca en la cara… Fue muy emocionante y no me lo voy a olvidar nunca ¡Con qué corazón corrió ese día!”.

Cartas desde la tumba

Noticia breve: “Alfabetizarán a 600 presos de 21 cárceles” (4 de enero de 2006; agencia DyN)

El andar de los pesados borceguíes que guían al interior de la Unidad Penitenciaria N° 24, de Florencio Varela, retumban en el largo pasillo y se diluyen con el sonido agrio de las puertas de hierro que se cierran a las espaldas. Aquí, en esta “tumba” a la que llegó por primera vez hace ocho meses, está Diego C., de 22 años, nacido en Quilmes.

Antes que él, la mirada aguijonada de los reclusos que estudian en la escuela que funciona en la cárcel recibe a LNR. Diego fue uno de los beneficiarios del Plan de Alfabetización en Cárceles, que le dio sus primeras clases para aprender a leer y a escribir, como a más de 600 reclusos en las cárceles bonaerenses. Gracias a ello, ahora está cursando la primaria. Las clases comienzan a despertarlo a un nuevo mundo.

Sin vueltas, Diego cuenta una vida de excesos, violencia, rebeldía y descontrol; pero enseguida asegura que no volverá por ese camino, que cuando salga en libertad, en más de cuatro años, él será otro, y si pudiera salir ya mismo lo primero que haría sería pedirle perdón a su señora, Pamela, de 18 años; a su hija, Brisa, de 2 años, y a su madre, Elva. Algo que repite cada vez que ellas lo van a visitar y que vuelve a reiterar en esas algo desprolijas y esforzadas cartas que germinan en la soledad de la celda compartida, cuando los ánimos de los 741 reclusos están amainados, pero tensionados al extremo; cuando en el aire no hay bondi (trifulca, pelea).

“Rebardo era yo. Pamela no sabía que salía a robar; yo trabajaba bajando bolsas de papa con su papá; se enojó mucho cuando se enteró. Ganaba 800 pesos al mes ¡Pero me rompía la espalda! En un solo hecho (asalto), con los guachos, podíamos llegar a sacar 3000 pesos cada uno. ¿Sabés qué? No sabía qué hacer con tanta plata: me compraba zapatillas de 600 pesos, le compraba ositos de peluche a Pame para que vuelva conmigo, y con regalitos volvió. Entraba a una bailanta con la billetera gorda; en la mesa de nosotros había de todo, tragos de todos los colores, y “vite” cómo es, cuando estás en la buena tenés más amigos que Roberto Carlos. Una vez estuve “de gira” siete días, empastillado y a pura merca, sin dormir. Probé de todo, pasta base, la pepa, el polvito, marihuana, pastillas… ¡Rebardo era yo! Estoy vivo de suerte: si tengo 38 plomos en todo el cuerpo. Ahora lo único que quiero es aprender y volver a mi casa. Esto es un infierno, ¿sabés?”, cuenta Diego, sentado en el medio de la biblioteca que está junto a las aulas, vestido con equipo de gimnasia gris y negro, zapatillas blancas, el pelo corto y un flequillo apenas visible. Sus manos pesadas y callosas acompañarán su verborragia. De vez en cuando juntará sus dedos como un racimo o se tocará la pera para completar una frase o largarse a reír y dejar ver el sarro negruzco que le empaña los dientes.

Diego no se explica cómo llegó hasta sexto grado: “No sabía nada; cuando había prueba agarraba a un par de compañeros y los amenazaba para que me hagan la prueba; era un bardo”.

“Hace ocho meses que me pasaron acá; caí por robo. Antes estaba en Olmos: ahí ni el cielo podías ver. Aquí estoy joya; me gusta aprender… Mirá lo que es esto (apunta a la ventana que deja entrar tibios rayos de sol). ¡Si yo no sabía ni hacer una carta para mis familiares, ni la «a» sabía hacer! Mi señora y mi mamá están contentas, no pueden creer que me rescaté (darse cuenta, salvarse de la mala), que estoy trabajando en la cocina y quiero aprender. Además, como el que enseña es uno de nosotros, preguntamos sin vergüenza. Cuando encané, Brisa, mi hija, era chiquita… ¡Ahora puedo escribir su nombre!”

Aprender a leer y a escribir le brindó un nuevo panorama a Diego. La lectura asombrada de las fojas de su expediente lo entusiasmó para esforzarse más, aunque le trae recuerdos de esa tarde en la que perdió: “Fuimos a robar una fábrica de llantas de aleación. La policía nos venía siguiendo. Estuve cuatro días en coma después del asalto; le pedí por favor al policía, pero igual me tiró, me dio acá, en la pierna. Los polis te empapelan: me pusieron en otro robo en el que no tuve nada que ver y con testigos que nada que ver. Yo no sabía ni firmar, firmé cualquier cosa. ¡En el expediente pusieron que estaba con tres pistolas! Pero yo tenía una 22”.

Hay un momento de silencio extraño en el ambiente. Diego vuelve a afirmar: “De robar no quiero saber más nada, me quiero ir a mi casa”.

Pero no todo son cartas llenas de sentimientos encontrados y pedidos de perdón. Con su nueva “arma”, Diego se volvió más demandante. Hoy está algo nervioso porque hace más de un día que tenía que haber recibido la visita de su señora y de Brisa. Esperó y esperó, pero nadie llegó. “No entiendo por qué no vienen; quiero ver a la nena. Me estoy haciendo la cabeza mal. Tengo mucha bronca, pero ya tengo cómo descargarme”, pronostica con una media sonrisa que intimida. Luego se despide y agradece la visita inesperada. Los borceguíes guían a la salida, la noche llegará pronto. Los fantasmas de Diego se fugarán en sus letras y se apropiarán del papel blanco.

Fuente: LANACION.com

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